Esta es una de mis imágenes preferidas y me gusta porque me encanta la belleza.
La belleza de las formas, de los colores, de los olores y los rincones.
Me gusta mirar a mi alrededor y mirar la belleza que me rodea.
Y me gusta más aún la belleza interior, la paz interior que me ayuda a entender mi lugar en este loco mundo.
Y no me gusta lo feo, no me gusta la suciedad en las calles, no me gusta ver casas de plásticos y latas con techitos de uralita y sé que no me gusta porque significa que en ellas viven hacinadas familias completas sin posibilidad de tener una cama propia, una cocina digna o un armario en el que ordenar sus cosas.
No me gusta ver cómo se reproducen los insectos que atentan a la salud de los niños se llamen Anopheles, Aedes Aegypti o Vinchuca, no me gusta que dañen con las enfermedades que transmiten, las vidas incipientes aún sin escribir, promesa de mundos nuevos.
No me gusta la malaria, no me gusta el dengue, no me gusta el mal de Chagas.
No me gustan.
Lo que me gusta es que todos los niños coman cada día al menos cinco veces, lo que me gusta es que vayan a escuelas en las que los maestros quieran ayudarles a aprender, con alegría, sinceridad y esfuerzo.
Lo que me gusta es que los niños que sufren malaria o dengue o Chagas puedan estar en hospitales limpios, en camas dignas, no hacinados como están ahora mismo en hospitales de Santa Cruz de la Sierra en los que no hay espacio para atender con coherencia las miles de personas afectadas por dengue, entre ellas centenares de niños y niñas.
No me gusta que los laboratorios tengan soluciones a enfermedades que si no se tratan son mortales, como el Sida que afecta a millones en todos los países de África en los que los niños están quedando huérfanos por millares y que los afectados no puedan tomar los antiretrovirales que necesitan porque son pobres de solemnidad.
Es una solemne injusticia.
No me gusta que se avance a paso de tortuga en la vacuna de la malaria porque esta enfermedad afecta mayoritariamente a personas del mal llamado "tercer mundo" y no a las del "primer mundo". No me gusta tener mundos en categorías, de verdad que no me gusta.
Y no me gusta que tengamos un Día de la malaria como hoy, 25 de abril, no me gusta porque quiere decir que los restantes 364 días del año, de nuevo, esta enfermedad que mata a más de 800000 personas cada año, que acaba con la vida de un niño cada 45 segundos, pasará de nuevo a los cajones desmemoriados de las agendas internacionales y a las desmemorias de cada uno de nosotros inmersos en nuestros anaqueles particulares.
Sé que de nada sirve que me guste o no me guste, que opiniones como esta, terriblemente subjetiva, no es ni políticamente correcta ni responsablemente útil, pero seguramente la primavera árabe que estamos viviendo se compone también de millones de "no me gusta" desatados en los corazones de personas encerradas en sociedades anquilosadas.
Es por eso que me encantaría, me gustaría que millones de corazones estallaran cada día en un clamor por la infancia silenciosa que muere por la malaria, el dengue, el sida, el abandono, el abuso o, lo que es muchísimo peor en nuestros días: EL HAMBRE.
